Xavier Valls

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Mi proyecto para la auto-residencia era, dentro de un proyecto más amplio de introducción a la literatura mesopotámica, leer una versión en castellano del conocido como “poema de Guilgamesh”, texto milenario escrito originalmente en acadio, en el que aparece, entre otros temas, la disyuntiva entre el mundo natural y la civilización. Fijado y transmitido en tablillas de arcilla, y, por ello mismo y por alusiones geográficas concretas, muy vinculado al territorio en el que se produjo, parecía indicado para compartir en el marco de un proyecto, el de La Noguera, que tiene entre sus actividades la construcción con barro y que se ubica en una tierra que guarda la memoria de otro texto literario heroico, cuya acción discurre por ahí, el cantar de mío Cid. A lo largo de mi estancia en La Alhóndiga de Medinaceli, encontré varios espacios, dentro del edificio y en las plazas de la villa, en los que concentrarme en silencio en la traducción de Jorge Silva Castillo (Gilgamesh o la angustia por la muerte) y observar diferencias (algunas sustanciales) con la que mejor conocía (la catalana de Lluís Feliu Mateu y Adelina Millet Albà, posterior y hecha a partir de la última edición crítica). Dada la circunstancia de que en un pueblo vecino, Úrex de Medinaceli, se celebraban unas jornadas artísticas, coorganizamos un taller de aproximación a la obra, al que participaron auto-residentes y voluntarios y voluntarias del programa europeo con el que convivíamos, que consistió en la lectura individual de sendos fragmentos y una puesta en común, a lo largo de la cual cada persona contaba su parte de la historia, de modo que, colectivamente, se reconstruyó el argumento.

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Acompañamos la narración con la elaboración de unas tablillas de tierra de Medinaceli y agua del río de Úrex, en las que dibujamos imágenes representativas del contenido de cada tablilla. Dejamos las piezas en el techo de una casa. Meses después, tenían este aspecto:

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Para mí fue una experiencia muy bonita y grata observar cómo un relato perteneciente a una de las primeras tradiciones escriturales de la humanidad, a una cultura de la que la nuestra es heredera de algún modo, y dedicado a la condición humana, llegaba a los labios y a los oídos de gentes tanto del lugar (Medinaceli mismo) como de provincias cercanas (Madrid, Barcelona) y países afines (Italia), más lejanos (Austria, Hungría) e incluso remotos (Indonesia).